Biografía

Aquí podéis leer algunos fragmentos del libro, ordenados cronológicamente:

 



Primera Parte

  • Capítulo 1: Primeros sueños.- Madrid – 1885
  • Capítulo 2: Sueños de bruma y lluvia.- Santander – 1919
  • Capítulo 3: Sueños de dolor y muerte.- Madrid – 1920
  • Capítulo 4: Sueños de supervivencia.- Madrid – 1921
  • Capítulo 5: Sueños de identidad.- Tenerife – 1922

Segunda Parte

Tercera Parte

AGRADECIMIENTOS

 

  • A José Luis Borau, que me dio la idea de escribir esta biografía, y me animó continuamente.
  • A Carolina Regidor, que me proporcionó tantos datos de la vida de Encarna en Madrid y en Barcelona.
  • A Carmen Baeza de Llovet, la hija de María Martos, por su interés.
  • A mi amiga Nani Martín de la Escalera, que me presentó a su tío Félix, “Cuchifritín”, y me puso en contacto con la familia Diez Hernández, de Tenerife.
  • A la familia Diez Hernández, y, en especial a Florinda, por la inestimable colección de cartas que me proporcionó.
  • A la Dra. Maria Teresa Pochat, de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, por su generosidad y constante ayuda.
  • A Ana María Hug de Gorbea, de quien recibí numerosos datos.
  • A Carmen Martín Gaite, que me comunicaba cualquier dato que pensaba que me podía interesar.
  • A Rosa Chacel, que conoció a Eusebio y a Encarna en su exilio de Buenos Aires y retrató a Eusebio en uno de sus personajes.
  • A Inés Field, a su hermana Elsie, y a Manuela Mur, con quienes pasé tan buenos ratos en Buenos Aires reviviendo el pasado de la escritora.
  • A Antonio Sempere, Director de la Fundación El Libro, de Buenos Aires, que fue como un Angel de la Guarda para Encarna, tanto en Buenos Aires como en Barcelona, y una ayuda constante para mí.
  • A Mercedes Orgaz de Giráldez, que acompañó a Encarna en la salida hacia el exilio, y me contó el viaje a Buenos Aires.
  • Y a mi marido y a mis hijos, que me ayudaron y me animaron en todo momento.

PRÓLOGO

 

Mi primer contacto (si así puede llamársele) con Elena Fortún no me impresionó demasiado, pero me encantó. Yo debía de tener unos cinco años, y leía unos cuentos en “Gente Menuda”, el suplemento infantil de “Blanco y Negro”, donde aparecían unos personajes muy graciosos que se llamaban Roenueces, el Mago Pirulo, Don Opas, etc…

 

Pero unos años más tarde, en la mañana de un 6 de enero, ví que los Reyes Magos me habían dejado en el balcón, entre otras cosas, un libro que se llamaba “Celia:lo que dice”. Lo primero que me llamó la atención fue la extraña sintaxis del título, y lo segundo, el nombre de la autora, que ya me resultaba familiar, pero no como novelista. (*)

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Me puse a leerlo enseguida: precisamente empezaba en una noche de Reyes. Lo leí de un tirón, y al terminarlo me sentí, a la vez que feliz, un tanto desconcertada, porque, por primera vez, me encontraba con un libro donde el argumento no se contaba desde fuera, como era la tónica general, sino desde dentro, es decir, desde el punto de vista de Celia, la niña protagonista. Me identifiqué totalmente con ella, porque pensaba como yo, sentía como yo, vivía en un ambiente parecido al mío, y tenía con los adultos los mismos problemas que yo tenía.

 

Poco después fueron apareciendo libros de la misma autora, y yo fui leyéndolos todos, encontrando siempre la misma facilidad para adentrarme en ellos que había encontrado con el primero.

 

Como en aquella época eran algo insólito, ya que el campo de la literatura parecía pertenecer exclusivamente a los adultos, empecé a sentirme intrigada por aquella escritora, de la que sólo conocía el nombre (que más tarde me enteré de que ni siquiera era el suyo), y busqué datos. Pero nadie parecía saber nada de ella.

 

Al recordar que las primeras publicaciones de Elena Fortún habían salido en “Gente Menuda”, me dirigí a los archivos de “ABC”, que entonces estaban en la calle Serrano, donde el archivero, amablemente, me aseguró que allí tenían datos biográficos de todos los que habían publicado en sus revistas. Pero, para su sorpresa y mi desencanto, cuando volvió de los archivos traía solamente un folio: era una reseña de la inauguración de un busto de la escritora en el Parque del Oeste, en 1985.

 

Entonces fui a la Editorial Aguilar, que había publicado todos sus libros hasta el momento, y, aunque tampoco allí se mostraron muy explícitos, sugirieron que me pusiera en contacto con el único miembro que quedaba de la familia: la nuera de Elena Fortún, que vivía en Estados Unidos, y al pedir yo la dirección, me dijeron que había cambiado tantas veces de casa que me sería muy difícil localizarla.

 

Pero, como yo insistía, me dieron varias direcciones, y yo escribí a todas, con el mismo texto: mi interés por saber datos sobre la vida de la escritora y la imposibilidad de encontrar aquellos datos en España. Me devolvieron varias de las cartas, y al fin recibí una, escueta pero cortés, en la que la nuera de Elena Fortún me decía que estaría encantada de recibirme.

 

Precisamente me habían invitado a un Congreso Internacional de Literatura a celebrar en la Universidad de Wake Forest, en Carolina del Norte, USA, para que hablase sobre viajeras inglesas en Cádiz, que había sido el tema de mi Tesis de Licenciatura. Pero yo había empezado ya la Tesis Doctoral sobre una escritora inglesa para niños, E. Nesbit (1858-1929), y sugerí cambiar el tema por un estudio comparativo de las dos escritoras, la inglesa y la española, entre las que, salvando las distancias de época y de nacionalidad, encontraba muchas similitudes, y mi sugerencia fue aceptada.

 

El Congreso fue muy interesante, y mi ponencia fue muy bien recibida, a pesar de que resultaba un tanto desequilibrada, porque sobre mi compatriota no había logrado encontrar todos los datos que yo hubiera querido. Pero, para mi sorpresa, el interés de todo el mundo parecía centrarse sobre la española.

 

Después del Congreso, hablando distendidamente con los asistentes, me dí cuenta de la lógica de su reacción: había entre ellos muchos descendientes de españoles exiliados de la guerra civil española, y Elena Fortún (1886-1952) había pertenecido a aquella época tan conflictiva.

 

Y fue mi visita a la nuera de la escritora lo que me hizo empezar a considerar la posibilidad de escribir la biografía, porque ella, aunque de palabra no me dijo gran cosa, me entregó un gran bolso de viaje lleno de papeles de su suegra.

 

De vuelta, en el avión, hice todo el viaje abrazada al bolso y cuando lo abrí, al llegar a España, encontré un contenido, abundante, y de lo más variado: papeles sueltos, borradores, cuadernos con retazos de diarios personales, recortes de periódicos, periódicos completos con cientos de artículos suyos, cuadernitos de direcciones, dos novelas (en las que se observaban ciertos rasgos de lesbianismo) escritas a máquina con tinta morada y encuadernadas… y lo más maravilloso de todo fue una carpeta con cuartillas, amarillas ya por el tiempo, donde estaba escrito, a mano y a lápiz, el texto completo de “Celia en la revolución”.

 

Después de un complicado trabajo de descifrar aquellos signos medio borrados, lo llevé a la Editorial Aguilar donde, con la eficaz ayuda de María Puncel y Miguel Azaola, se terminó de “traducir” y fue editado, con unos expresivos dibujos de Asunción Balzola. Actualmente está agotado.

 

La revisión de los papeles del bolsón me descubrió aspectos insospechados de la escritora, que reavivaron mi interés en seguir indagando sobre ella, a pesar de que su nuera me había asegurado que esa biografía sería imposible de escribir porque ya estaban muertas todas las personas que hubieran podido dar alguna información.

 

Pero en una ceremonia organizada por la Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil en honor de Elena Fortún, celebrada en el monumento que se erigió a su memoria en el Parque del Oeste, mi amiga Carmen Bravo Villasante me contó que había recibido una carta de una intelectual bonaerense, Inés Field, que había conocido a Elena Fortún, animándola a escribir su biografía. Y se ofrecía para darle toda la información que considerase necesaria. Pero Carmen me confesó que tenía muchos proyectos empezados en España, y que, además no le seducía la idea de un viaje tan largo.

 

Y me sugirió que lo hiciese yo, que ya conocía a un miembro de la familia. Yo había vuelto a Estados Unidos, y había visitado a la nuera de Elena Fortún para pedirle más información. Pero esta señora, que tan amable había estado la primera vez, volvió a decirme que esa biografía sería imposible de escribir, porque, aparte de ella, no quedaba nadie más que pudiera informar. Y ella no tenía nada más que decir.

 

A pesar de todo, a mi vuelta a Madrid, y consecuente con la idea de buscar todos los datos posibles, conseguí localizar a Carolina Regidor, de quien me habían hablado en la Editorial Aguilar como el angel tutelar de Elena Fortún hasta el fin de los días de la escritora. Me costó mucho trabajo, porque en Aguilar me dieron las señas de su casa en Madrid, donde, en una época de su vida también vivió Elena Fortún, pero, cuando llegué, el piso estaba vacío. Una amable vecina me dijo que Carolina conservaba el piso, pero que actualmente estaba viviendo en Colmenar, en una Residencia. Conseguí encontrarla, nos citamos en Madrid, y hablamos largamente sobre la escritora. Carolina me dió datos de ella durante su vida en Madrid, y me dijo que después de la guerra civil española se exilió a la Argentina.

 

Por eso, la sugerencia de Carmen Bravo Villasante me pareció providencial. Fui a Buenos Aires, conocí a Inés Field, nos hicimos grandes amigas, y el material sobre la vida de Elena Fortún fue creciendo. Sin embargo, no crecía todo lo deprisa que yo hubiese deseado, aunque sólo fuera para poner un freno a la avalancha de artículos, y de notas, que aparecían en la prensa con noticias falsas, o sólo parcialmente verdaderas, sobre la tan admirada y tan poco conocida Elena Fortún.

 

Cuando José Luis Borau me llamó para pedirme las señas de la nuera de Elena Fortún porque necesitaba su autorización para una serie que pensaba hacer para televisión, yo le propuse acompañarle. No me daba por vencida, y quería intentar obtener más información, ahora que conocía nuevos cauces.

 

La serie de TV se terminó, y se proyectó, y yo estaba de acuerdo con José Luis Borau en que ése hubiera sido el momento ideal para publicar la biografía. Pero me faltaban todavía muchos datos: no sabía nada de la infancia ni de la adolescencia de la escritora.

 

La Casualidad, el Destino, o mi Angel Protector, como quiera llamársele, hizo que una mañana llegase a mi despacho de la Facultad una amiga mía, Nani Hernández. Y al comunicarle yo mis preocupaciones sobre la falta de material para escribir la biografía, comentándole la dedicatoria de uno de los libros de Cuchifritín al niño Félix Diez Hernandez, a quien yo, a pesar de mis esfuerzos no había conseguido localizar, me dijo que era tio suyo y que vivía en Tenerife. Hasta entonces yo no había tenido la menor idea de que Elena Fortún pudiese haber estado relacionada con las Islas Canarias.

 

Fui a Tenerife y contacté con la familia, que, generosamente, puso a mi disposición toda la documentación que tenía de la escritora, que había sido para ellos como parte de la familia. Así me enteré de que Florinda, la hermana de Félix, había sido la inspiradora de la célebre Celia.

 

Mercedes, la madre de Florinda y de Félix, se había casado con un íntimo amigo del marido de Elena Fortún, y las dos familias llegaron a intimar profundamente. Florinda me hizo llegar un paquete de cartas de la escritora que su madre, ya fallecida, conservaba como un tesoro.Y en aquellas cartas, que cubrían el espacio de tiempo que yo no conseguía llenar, se encontraba la respuesta a todas mis preguntas.

 

Que a Elena Fortún le gustaba escribir no puede ponerse en duda a la vista de su amplísima obra (que abarca mucho más que las aventuras de Celia y Cuchifritín), pero nunca me imaginé que hubiera tenido aquella afición a escribir cartas: cartas extensas, apasionadas, detalladas…cartas que no se limitaban a ella y a su receptor, sino que describían el ambiente, los paisajes, las emociones, los problemas, los personajes de alrededor… todo el entorno. Cartas que, en sí, son cada una una obra literaria.

 

Seguramente Dios quiso premiar mi tesón en buscar aquellos datos, y decidió que aquellos papeles (cartas, diarios, borradores, fotos…) vinieran a mis manos.

 

Para que yo los hiciera conocer, porque Elena Fortún se lo merece.

 

(*) Elena Fortún escribía desde hacía tiempo en “Gente Menuda” y en otras revistas infantiles, dando ideas para hacer muñecos de trapo, plantar bonsais, fabricar disfraces y maquillajes, y muchas otras cosas que Aguilar publicó más tarde en un libro titulado “El bazar de todas las cosas.

CAPITULO 1 – PRIMEROS SUEÑOS (1885)

 

He aquí el instante, deseado y temido, de verme frente a ti, lector: tengo que contarte muchas cosas; he sufrido para aprenderlas, y ellas, al llegar a mi corazón, arraigaron en él con tan profundo ahinco, que jamás podrán desligarse. Así, al ofrecértelas, es mi corazón, por ellas prendido para siempre, lo que te doy

(De Gorbea Lemmi, Eusebio, Los mil años de Elena Fortún. MAGERIT, Madrid, 1922, Editorial Saturnino Calleja, pg. 11)

 

Dibujo Elena Fortun 02
Encarnación Aragoneses Urquijo, el día de su primera comunión
Encarnación Aragoneses Urquijo, el día de su primera comunión

Madrid. Bailén, 1

 

La tarde era gris y la atmósfera, agobiante. Leocadio Aragoneses, desde su casa de la calle Bailén, miraba por los cristales del balcón: el aspecto del cielo, que, de plomizo que había estado todo el día, ahora se iba oscureciendo, no contribuía a elevarle el espíritu, y la mirada que cambió con la comadrona no fue, por ninguna de las dos partes, un presagio de optimismo.

 

Empezaba a anochecer. Casi enfrente de él, al otro lado de la calle, se erguía, solemne y majestuoso, el Palacio Real, rodeado de árboles y de jardines, coronado por el cielo de Madrid, de ordinario tan limpio y transparente, pero que aquella tarde estaba oscuro y sin estrellas. Y pasaban las horas, densas y pesadas como el plomo…

 

Leocadio recordó sus primeros años en Madrid, que fueron duros hasta que consiguió el puesto de Alabardero de Palacio, y pudo casarse con Manuela, y establecerse en las casas destinadas a los asignados al Cuartel de la Regalada, casi enfrente de Palacio. La suya estaba en el número 1 de la calle Bailén.

 

El había nacido en Abades, un pueblo pequeño de la provincia de Segovia, donde la mayoría de los habitantes eran labradores. Labradores eran sus padres y lo habían sido sus abuelos, pero él no tenía alma de labrador. La vida en Abades era muy dura, sobre todo en los inviernos. (…)

CAPITULO 2 – Sueños de bruma y lluvia (1911)

 

Aquí no deja de llover: hace dos meses que no vemos el sol dos días seguidos. Con esto, la epidemia de gripe sigue, y nosotros a ratos estamos muy abrumados y muy tristes y con ganas de escapar. Eusebio reclama contra las tierras del norte, tan húmedas y tristes, y a veces pensamos si sería mejor volvernos a Castilla…

(Carta de Encarna a Mercedes, desde Santander. 8 de noviembre de 1918)

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Verano 1913 - San Rafel (Segovia). Eduardo, Mercedes, Merceditas, Encarna, Eusebio, Bolín y Luis.
Verano 1913 - San Rafel (Segovia). Eduardo, Mercedes, Merceditas, Encarna, Eusebio, Bolín y Luis.

Eduardo y Mercedes, 1911

 

Desde sus años de Academia Militar, en Segovia, Eusebio tenía un amigo que se llamaba Eduardo Diez del Corral, que había ingresado el 28 de agosto de 1898. Eusebio, que era tres meses más joven que él, lo había hecho en el mes de julio del año anterior.

 

Eduardo era, como Eusebio, un hombre culto y aficionado a la literatura, y su gran pasión era también el teatro, más para interpretar que para escribir, aunque también escribió algo. Del mismo modo Eusebio, que era fundamentalmente escritor, también hizo sus pinitos como actor.

Eduardo, terminado ya el periodo de la Academia, y después de haber tenido varios destinos en la península, fue a Telde, en las islas Canarias. Desde allí visitó Tenerife, donde se enamoró del sitio y de la forma de vivir de sus habitantes y, sobre todo, se enamoró de una guapa tinerfeña, Mercedes Hernández, y no paró hasta que consiguió casarse con ella. Se casaron el 10 de julio de 1911, y fueron a Madrid de viaje de novios.

 

En Madrid, Eduardo le presentó su mujer a su mejor amigo. Eusebio hizo lo mismo. Y entre las dos parejas surgió una amistad que duró lo que duraron sus vidas, y una correspondencia entre las dos mujeres que sólo la muerte pudo interrumpir.(…)

CAPITULO 3 – Sueños de dolor y muerte (1920)

 

Y transcurrieron muchos días, muchos meses, años quizás, sin que volviera a importarme nada de lo que pudiera acontecer tras mis montañas. Hasta que Dios dispuso que mi paz se destrozase súbitamente.

(De Gorbea, Eusebio, Los mil años de Elena Fortún.
Magerit, Madrid, 1922, Editorial Saturnino Calleja, pg. 24)

Una de las acuarelas de Bolín. 1919.
Bolín a los siete años
Bolín a los siete años

Madrid 1919.- Ponzano 18

 

A finales de febrero de 1919, a instancias de Eusebio, que estaba cansado del clima del norte, le fue concedida por el Excmo. Capitán General de la Sexta Región autorización para trasladar su residencia a Madrid.

 

Encantados de volver por fin a la capital, los Gorbea se instalaron en el entresuelo del número 18 de la calle de Ponzano.

 

En el segundo piso vivía un ilustrador de conocido prestigio, Santiago Regidor, que era viudo, y no tenía más familia que su hija Carolina. Santiago Regidor pertenecía al cuadro de colaboradores de “Blanco y Negro”, y regentó durante más de cuarenta años la Cátedra de dibujo del Colegio Municipal de San Ildefonso de Madrid. Eusebio se había puesto en contacto con él para que le hiciera las ilustraciones de su libro “Magerit”, que ya estaba terminado.

 

Carolina, una preciosa niña de 11 años, se hizo muy amiga de los hijos de Encarna y Eusebio, especialmente de Luis, que tenía su misma edad.

 

En Ponzano 18 empezó Encarna a conocer a toda la intelectualidad de Madrid. Su marido, tan aficionado al teatro, y que ya había escrito varias obras, conocía a la mayor parte de los escritores, y actores, que eran “alguien”. Y, unas veces en su casa, y otras en casa de Santiago Regidor, que también era muy conocido, se celebraban animadas tertulias en las que se charlaba, se recitaba, se comentaba, se criticaba, y por las que pasaban todos los acontecimientos del Madrid de los años 20, que era mucho más reducido que el de ahora. (…)

CAPITULO 4 – Sueños de supervivencia (Madrid, 1921)

 

Las cosas de los mortales
todas pasan;
si ellas no pasan, somos nosotros
los que pasamos.

Luciano de Samosata

Dedicatoria Elena Fortun - Cuchifritin, el hermano de Celia
Elena Fortún - Eusebio de Gorbea Lemmi. Madrid, 1905
Elena Fortún - Eusebio de Gorbea Lemmi. Madrid, 1905

Caracas 30

 

Era verdad que el tiempo lo iba curando todo. Encarna no tuvo más remedio que admitirlo y se rindió a la evidencia. Había que seguir viviendo.

 

La casa de Ponzano les resultaba ya demasiado grande y empezaron a buscar otra de menores dimensiones.

 

Encarna había olvidado ya que hubo un día en que pensó que no se iría nunca de la casa donde había muerto su hijo, y donde había estado conservando su habitación exactamente igual que él la dejó. Ya había olvidado que pensaba que, si se movía de allí, el espíritu de su hijo no sabría dónde encontrarla. O quizás era que había llegado a la conclusión de que no se podía vivir pegada a un recuerdo, que la vida seguía y que era necesario hacer sitio para las pequeñas ilusiones de cada día.

 

Una de estas ilusiones era precisamente la nueva casa que estaban buscando. En la calle Caracas, casi al lado de la Plaza de Santa Bárbara, vieron una que estaban empezando a construir. Era todavía poco más que un solar, pero pensaron que, si a Eusebio le daban el destino que había pedido, en el Ministerio de la Guerra, no le vendría mal el emplazamiento aunque aquello era, precisamente, lo que hacía que la casa fuese más cara que lo que ellos pensaban que se podían permitir, porque, en realidad, no iba a ser muy grande: era un torreón en la azotea, orientado al mediodía, con cuarto de baño, pero todo de dimensiones tan reducidas que iban a tener que vender la mayor parte de los muebles que tenían en Ponzano, porque no les cabrían. (…)

CAPITULO 5 – Sueños de identidad (Tenerife, 1922)

 

Quien dijo que un viaje por alta mar es una de las experiencias a que debía someterse el hombre que aspirase a encontrarse a sí mismo, dijo la verdad.

(Domingo, Marcelino, La isla encadenada, Editorial Rivadeneyra, Madrid 1921, pg.29)

Los De Gorbea y los Diez del Corral en Tenerife, 1922
Los De Gorbea y los Diez del Corral en Tenerife. En primera fila: Eduardito, Félix, Florinda, Encarna, Mercedes, Rafaelito Martín de la Escalera y la tata. En segunda fila: Cecilia, su marido, Luis de Gorbea y Eusebio. Detrás: Merceditas. 1922

Encarna creyó que estaba soñando. Después de tanto tiempo comentando, por carta, con su amiga, la maravillosa, y remota, posibilidad de volver a verse, ahora se encontraba, cuando casi había desesperado de poder conseguirlo, con que iban a ir a Tenerife.

 

Y conocería a la familia de Mercedes. Y, sobre todo, al último de sus hijos, Félix, de quien sólo sabía por fotografías. A los demás, Mercedes, Eduardo y Florinda, les había conocido cinco años atrás, cuando Eduardo estuvo destinado en Gijón.

 

La única sombra que caía sobre tanta felicidad era pensar que ya Bolín no formaba parte de sus vidas. Encarna recordaba que, cuando murió su hijo, Mercedes no hacía más que decirle que se fuera con ellos, desesperada de sentir el poco efecto que su consuelo pudiese tener por carta, desesperada de no poder abrazar fuerte, personalmente, a su amiga. Pero ese momento había llegado ya.

Tenerife 1922

 

Los dos años que los Gorbea pasaron en Canarias fueron para Encarna una maravillosa cura, tanto física como espiritual.

 

La amistad que había nacido, entre Mercedes y Encarna, desde el mismo principio, había sido una amistad sorprendente y un tanto atípica, ya que los caracteres de las dos mujeres no podían ser más diferentes: Mercedes era tradicional, sosegada, tranquila; tenía una paciencia infinita con los sucesos y con las personas, y no se alteraba por nada. Era profundamente religiosa, amante de las tareas del hogar y de los niños. Encarna, en cambio era inquieta, inquisidora, impaciente. No creía en los valores tradicionales de la familia, ni del hogar, ni de la maternidad. Su deficiente educación inicial y el posterior contacto con personas cultas habían de despertar en ella una sed de conocimientos que ya no la abandonaría nunca. (…)

CAPITULO 6 – Sueños literarios (Madrid, 1923)

 

Ya he dicho hartas veces que el problema de España es un problema
de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporanos a los pueblos
civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y
de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento
patrios todos los rios que se pierden en el mar, y todos los talentos
que se pierden en la ignorancia.

(Santiago Ramón y Cajal)

Dedicatoria Elena Fortun - Cuchifritin en casa de su abuelo
Florinda Diez Hernández, la niña que inspiró el personaje de Celia. 1934
Florinda Diez Hernández, la niña que inspiró el personaje de Celia. 1934

Madrid 1925-1930

 

Superada ya la muerte de su hijo, Encarna volvió a la vida con un ímpetu que ni ella misma hubiese sospechado que poseía.

 

Buscando en quien apoyarse para sobrevivir, volvió a entrar en contacto con las personas a quienes había conocido en las tertulias literarias que su marido organizaba cuando vivían en la calle Ponzano. Sus “amigas recuperadas” fueron, esencialmente, dos: María Lejárraga, la mujer de Gregorio Martínez Sierra, y María Martos, la mujer de Ricardo Baeza.

 

Ellas, mujeres inteligentes y de exquisita educación, la pusieron en contacto con toda la intelectualidad del Madrid del momento. Junto a ellas, Encarna se sentía muy ignorante y muy incapaz, pero otra de las características de estas dos mujeres era su gran corazón, y su facilidad para comprender el ansia de saber de cualquier ser humano. Ellas se dieron cuenta del potencial que se escondía en el alma de aquella mujer joven, relegada hasta entonces a la sombra, de sus posibilidades de aprender, y de su capacidad de entrega, en una época en que, precisamente, lo que la sociedad estaba necesitando era esta clase de personas, capaces e ilusionadas.

 

Acababa de crearse la Asociación de Mujeres Amigas de los Ciegos, cuya Presidenta efectiva era Aurora Lanzarote de Riaño, también buena amiga de Encarna, y María Martínez Sierra era la Presidenta Honoraria. Encarnación de Gorbea fue nombrada Secretaria.

Encarna no había tenido contacto antes con el mundo de los invidentes, y la pasión que despertó este mundo en ella se verá relejada más tarde en “Celia madrecita”, donde, en la página 19 presenta al abuelo de Celia, que se ha quedado ciego y que escribe para los niños ciegos, en Braille, los cuentos que le dicta Teresina, la hermana pequeña de Celia, “del hermoso libro de Andersen encuadernado en piel encarnada con cantos dorados”. Encarna, que siempre tuvo una percepción especial para las cosas bellas, ya se tratara de un libro artísticamente encuadernado o de una puesta de sol en Castilla, sentía una compasión profunda por los que no podían disfrutar de ellas. (…)

CAPITULO 7 – Sueños republicanos (Madrid, 1931)

 

El 14 de abril de 1931, estando todavía los reyes en palacio,
se inauguró en España la segunda república como
reacción del pueblo contra la Dictadura. Pero el pueblo español
no ha sabido jamás reaccionar entre límites de buen
discernimiento. Cabalga desbocado, atropellando obstáculos,
y si encuentra llanuras brindándole reposo, seguirá
en su galope camino hacia otro riesgo.

(Silió, Vicente, Un hombre ante la historia, Tomo III, pg. 645, Ediciones Alimara, Madrid 1966)

Dibujo Elena Fortún 01
"Los Alamos", la casa de Elena Fortún, en Chamartín
"Los Alamos", la casa de Elena Fortún, en Chamartín

Madrid 1931-1936

 

En España estaban cambiando muchas cosas.

 

En realidad, gracias a aquellos cambios, había podido Encarna salir de su apatía e incorporarse a la corriente, a aquella corriente que parecía que le había marcado el camino y devuelto las ganas de vivir.

 

Vicente Silió51 comenta que el país estaba sufriendo una época, como nunca, de huelgas, algaradas y cambios de gobierno: desde el asesinato de Canalejas, en 1912, no había habido tranquilidad. Se barruntaba un cambio, y todo el país deseaba que llegara cuanto antes.

 

La Dictadura de Primo de Rivera, que había empezado como un sistema provisional para arreglar la situación, se había ido alargando y, en lugar de un trimestre, el Dictador gobernó veinticinco. El malestar general hacía inminente un cambio de régimen, y en las elecciones en los Ayuntamientos, el 12 de abril de 1930, el gobierno quedó anonadado al comprobar que los concejales, por abrumadora mayoría, habían sido republicanos.

 

Los partidos que trajeron la República a España se habían dividido, de una forma absolutamente natural, en tres sectores: socialistas, republicanos de derechas y republicanos de izquierdas. De éstos, los últimos fueron los que consiguieron mayoría de votos en las Cortes. (…)

CAPITULO 8 – Sueños revolucionarios (Madrid, 1936)

 

“A mí se me hace que toos los hombres juntos parlando
de lo que no entienden, son los que arman las revoluciones… Si los
hombres tienen que arreglar el mundo ¿por qué no los
enseñan?, digo yo.”

(Valeriana, “Celia en la revolución”, pg.31)

Dibujo Elena Fortún 03
Elena Fortun - Luis de Gorbea en El Retiro, 1933
Elena Fortun - Luis de Gorbea en El Retiro, 1933

Madrid, 1936

 

Josefina Carabias había publicado, en octubre de 1934, en la revista “Crónica”, un artículo sobre el papel de las mujeres en la revolución: una revolución que todavía no había estallado, pero que ya se presentía, porque el artículo se refiere a los sucesos de Asturias.

 

El artículo empieza así:

 

“Antiguamente las revoluciones las hacían los hombres. Ahora ya las hacen también las mujeres.”

 

Y continúa hablando de la Revolución Francesa, con Teresa Cabarrús, y de las mujeres rusas que participaron en la revolución de 1905, para centrarse en las “Evas rojas de hoy”, que tienen su antecedente en Mariana Pineda. Recuerda el revuelo que se formó, en tiempos de la Dictadura, cuando metieron en la cárcel a tres muchachas estudiantes, miembros de la F.U.E., en un momento en que todavía no estaba previsto que en las cárceles pudiera haber otras presas que las de delitos comunes. Y las tres estudiantes quedaron recluidas en la Cárcel de Mujeres entre “golfas quinceañeras, ladronas profesionales y alguna que otra asesina”.

 

Afortunadamente, como “el órgano crea la función”, en la Cárcel de mujeres que levantó Victoria Kent se hizo una espaciosa galería de presas políticas.

 

Esas mujeres que menciona Josefina Carabias son de todas clases: modistillas de quince años que llevan mensajes en sus cajas, señoras de la buena sociedad con cuellos de “renard argenté” (sic) que actúan de enlaces, señoritas de derechas vendiendo.

 

“El debate”, y
“…todos los días me llamaba la atención una rubita de porte aristocrático que se dedicaba a cambiar el trole del 49”. (…)

CAPITULO 9 – Sueños de exilio (Buenos Aires, 1940)

 

“…cuando apareció la ciudad, sintió deseos de
besar las fachadas y las esquinas, y el asfalto y los vidrios de los
balcones, y acercar su sed de justicia al agua de las fuentes, acariciar
al gato transeúnte y encontrar el hueco del olvido dejado para
ella en las calles menos transitadas. Una patria, Señor, una
patria pequeña como un patio o como una grieta en un muro muy
sólido. Una patria para reemplazar a la que me arrancaron del
alma de un solo tirón.”

(Maria Teresa León. Memoria de la melancolía, Losada,
Buenos Aires, 1970, pg. 17)

Dedicatoria Elena Fortun - Prologo
Elena Fortún en Buenos Aires. 1940
Elena Fortún en Buenos Aires. 1940

Buenos Aires 1940

 

Encarna se echó hacia atrás en la silla y levantó la cara hacia el sol, dejándose acariciar por él. Era un sol de primavera, aunque estaban en otoño, pero, si cerraba los ojos, podía pensar que estaban en la primavera de Madrid.

 

Si cerraba los ojos… pero ahora no quería cerrar los ojos. Por primera vez desde hacía mucho tiempo quería mirar a su alrededor, vivir el presente, y, si no olvidar el pasado, por lo menos encerrarlo con llave para no volverlo a utilizar hasta… daba igual: hasta que las heridas se hubieran cerrado, por lo menos. En aquel momento alguna que otra estaba todavía sangrando.

 

Suspiró, (sin querer, porque ella no era amiga de suspiros) y determinó vivir intensamente el presente, y sacarle el mayor partido posible: ella era maestra en el arte de sacarle el mayor partido posible a las situaciones.

 

En aquel momento, en aquel preciso momento, era feliz; no sabía cuanto iba a durar, pero la vida le había enseñado que hay momentos que duran siglos. Un siglo había durado su viaje hasta allí, desde la salida de España, tan dolorosa. No pudo evitar pensar, como en algo ya muy lejano, en el barco que salía de Valencia, en la tormenta, en la arribada forzosa a Marsella…y vuelta a embarcar, y en la llegada a un puerto italiano donde les insultaron y les llamaron fascistas al enterarse de que eran españoles. Y Encarna recordó su desesperación al intentar explicarles que ellos no eran fascistas sino de los otros, de los que habían perdido la guerra… (…)

CAPITULO 10 – Sueños de retorno (Madrid, 1948)

 

Oficialmente, España vuelve a ser de todos y para todos los
españoles: de los que amaron u odiaron equivocadamente, de
los que pecaron por exceso o por omisión, de los que defendieron
con honradez sus ideales y de los que pagaron el tanto de culpa de
sus errores o de su ingenuidad.

Cuando esto sea cierto, se habrá cerrado de veras uno de los
capítulos más apasionantes y más dolorosos de
nuestra historia.

(José María Aroca, Los republicanos que no se exiliaron,
Ediciones Acervo, Barcelona 1969, pg. 259)

Dedicatoria Elena Fortun - El cuaderno de Celia

Madrid 1948

 

El barco en que se fue Encarna, en abril del 48, no fue por fin italiano, como ella quería, sino español, de la Compañía Ibarra. Pero la recomendación que le mandó Mercedes, del Sr. Ratti, que no tenía que ver nada con esa Compañía, surtió efecto, y consiguió un pasaje, cosa muy difícil, dado que en aquella época del año los barcos solían ir llenos.

 

Una semana antes de la salida del barco, le llegó una carta de España en la que le anunciaban que habían hecho entrega de la casa de Chamartín al abogado que Encarna había nombrado, y su amiga Matilde Ras le comunicó que estaba dispuesta a meterse en ella con una criada para limpiarla y adecentarla un poco, y hasta para hacerle obra, que al parecer le hacía falta. Encarna y Eusebio, al leer la carta, no pudieron evitar que se les saltaran las lágrimas, sólo de pensar en que iban a volver a ver su casa de Madrid, ¡después de nueve años!

 

Encarna se puso a soñar, y le costaba trabajo pensar en otra cosa que no fuese quedarse allí para siempre: cuando ella se viera en su casa, con todos sus libros, con sus papeles, con sus muebles… con las colaboraciones que conseguiría enseguida, con la pensión que le dejaron sus padres, en su jardín plantado por sus manos… Hasta pensaba que podía ayudar más a sus hijos desde allí que viviendo con ellos. Tal vez ellos lo comprendieran: su ideal sería ir a Estados Unidos todos los años por cuatro meses, y el resto pasarlo en España. (…)

CAPITULO 11 – Sueños de desengaño (Madrid, 1949)

 

“Siempre se ha dicho que después del tránsito
se está en el punto de vista desde donde se comprende todo:
pensé ¿es que ahora lo comprenderá todo Damián?

(Chacel, Rosa, La sinrazón, Ediciones Albia, Bilbao 1977,
pg. 175)

 

Elena Fortún - Lo que dice Celia
Elena Fortún - Isolina Doudignac de MAnsilla. Buenos Aires, 1945
Elena Fortún - Isolina Doudignac de MAnsilla. Buenos Aires, 1945

Madrid 1949

 

Durante mucho tiempo siguió Encarna echándose la culpa de la muerte de su marido, y pensando que el fallo había sido de ella.

 

“Ya no hago nada aquí, y a no ser que quiera Dios que pase aquí el infierno que he merecido, no comprendo porqué me tiene”.

 

Al final de su Diario aparecen unas palabras que parecen dictadas por este espíritu, y que probablemente están destinadas a “Celia se casa”. El encabezamiento dice: “Para Celia.- El apoyo moral de la esposa”:

 

“El apoyo material del matrimonio es el hombre, y tú, mujer, debes ser el apoyo moral. Si no, recibirás el castigo irremediablemente. Si él habla en público ¿lo tomas a broma?. ¿Te burlas de su trabajo? ¿Te burlas de su manera de vestir? Es muy posible que tu marido sea ridículo “pues carga sobre tu espalda la mitad de su ridiculez: ésta es tu cruz”. No hay otro recurso a tu felicidad. si no lo puedes sufrir, sepárate, antes de que sea tarde. Pero si lo quieres, agarra la mitad de la cruz, que él lleva con trabajo sobre sus espaldas, y como el pobre Cireneo, dí: ¡adelante!”. (…)

CAPITULO 12 – Sueños de amargura (Estados Unidos, 1949)

 

” Salir de aquí, pero para irme donde está él,
donde estás tú, donde está lo último que
él tuvo en sus manos, donde están las únicas
paredes que conservan algo suyo, donde aún podría rehacer
mi vida para unos años…”

(Carta de Encarna a Inés, desde Madrid, el 14 de marzo de 1949)

Dibujo Elena Fortún 05
Elena Fortún - Luis de Gorbea, en la Academia, dando clases de español
Elena Fortún - Luis de Gorbea, en la Academia, dando clases de español

¡Argentina, otra vez!

 

El viaje había sido muy largo: veintiún días. El barco era agradable, como casi todos los barcos ingleses de pasaje, y el viaje también hubiera sido agradable si Encarna no lo hubiera hecho acompañada de sus fantasmas, de sus miedos, de sus recuerdos dolorosos…. tan dolorosos que llegaron a afectarle hasta en la parte física, que acaba siempre siendo su punto débil. (“¡Por qué estará el alma tan cerca del cuerpo?”)

 

Pero en el puerto, a pesar de todos sus temores, la esperaban sus amigas argentinas. Después de los primeros saludos y los primeros comentarios, Encarna entró en el tema que la había estado preocupando todo el viaje: su casa, sus cosas, especialmente sus libros, sus papeles, las pertenencias de Eusebio…

 

La primera noticia fue que la herencia se había declarado vacante, y por lo tanto, todas sus posesiones habían sido “heredadas” por el Consejo de Educación, como estaba previsto. Era lógico que pasara así, y a Encarna no le extrañó: en aquellos países en que se da tanta importancia a la educación, este Ministerio vive de las pequeñas herencias de las pertenencias de los extranjeros, porque en la mayoría de los casos a nadie se le ocurre hacer un viaje que le cuesta diez mil duros ida y vuelta, para heredar ocho mil.

 

Este, sin embargo, no era el caso de Encarna, que no tenía mayor interés en el valor material de lo que quedaba allí, pero que no quería que los libros y los papeles de Eusebio (especialmente los papeles) fueran sacados a pública subasta y profanados por la Policía. Si el poder que ella envió hubiera surtido efecto, y hubiera podido otra persona hacerse cargo de la herencia, ella se hubiera quedado en Madrid, pero se alegraba de haber tenido que venir. (…)

CAPITULO 13 – Sueños filosóficos (Barcelona, 1950)

 

Hacer de amarguras viejas
blanda cera y blanca miel

(Antonio Machado)

Dibujo Elena Fortun 04
Elena Fortun - Lapida Bolin, Eusebio y Elena Fortún
Elena Fortun - Lapida Bolin, Eusebio y Elena Fortún

Barcelona y Madrid.-1950

 

El 28 de mayo de 1950, a las cuatro de la tarde, llegó Encarna a Barcelona. después de un viaje horroroso, el más desagradable que había hecho hasta entonces. A Ana María se le había olvidado decir que consignaran en el billete el número de la litera, y, como no quedaba ninguna libre, le tuvieron que poner una provisional, junto al techo, sin casi sitio para incorporarse. Pagando dos dólares, consiguió que le colocasen una escalerilla, incómoda e insegura, para subir y bajar.

 

El camarote, de segunda, iba lleno de italianos que cantaban, lloraban y gritaban, todo a la vez.

 

Encarna pensó que la única manera de escaparse del ambiente sería subirse a su palomar, pero todas las aguas amargas tragadas en seis meses y tal vez disueltas en la sangre, se le vertieron de golpe en el estómago. Le era imposible comer nada. A veces podía arrojar unas bocanadas de veneno, y entonces podía dormir un ratito, porque los dolores de estómago la tenían doblada.

 

El médico le dió un medicamento, y entonces las aguas se vertían por el intestino, y pasó unas “nochecitas toledanas”, (como le decía a Inés en su carta del 29 de mayo de 1950, escrita ya desde Barcelona) subiendo y bajando por la escalerita, a riesgo de matarse.

 

La salida del barco fue alucinante: los italianos, sin dejar de cantar y de gritar, se pusieron a beber vino y a comer dulces. Ella, sentada en un rincón, tenía la impresión de estar viviendo una pesadilla. En cuanto el barco empezó a moverse, el escándalo se hizo patético: una ópera de Puccini. (…)

CAPITULO 14 – Sueños místicos (Ortigosa del Monte, 1950)

 

“Ya estoy en el seno de la tierra madre… y no es un decir,
porque en esta tierra me siento como en el regazo materno.”

(1 de agosto de 1950. Carta de Encarna a Inés, desde Ortigosa)

Dibujo Elena Fortún 06
Elena Fortún - Eusebio de Gorbea. Madrid, 1950
Elena Fortún - Eusebio de Gorbea. Madrid, 1950

Ortigosa del Monte, 1950

 

Después de la muerte de Bolín, Eusebio (como hemos visto ya en el capítulo 4) pidió una licencia por enfermedad en el mes de junio y le fueron concedidos tres meses.

 

Antes de empezar a disfrutar de la licencia tuvo que cumplir dos meses de destino en Zaragoza, pero a primeros de agosto se fueron los tres, Eusebio, Encarna y Luis, a pasar el verano (el permiso de Eusebio llegaba hasta finales de septiembre) a una casita que alquilaron en La Losa.

 

Eusebio, a poco de llegar, se puso muy enfermo, con una fiebre altísima que le duró casi todo el mes de agosto. Le vieron dos médicos de Madrid, que no supieron dar con lo que tenía, y entonces acudieron al médico de Ortigosa del Monte, que quedaba muy cerca y era un pueblo más grande. Este médico se llamaba Pedro Carreño, y, hombre abierto y expresivo, se hizo desde entonces muy amigo de la familia. Supo descubrir que los males que afligían a los tres eran una consecuencia de la pérdida que acababan de sufrir, que había ido minando también la resistencia física, y la vida sana en el campo hizo el resto para ayudar a la recuperación.

 

Durante varios años siguieron los Gorbea yendo a veranear a Ortigosa del Monte, y siempre se encontraban allí con el Dr. Carreño. Luis, gran aficionado al ajedrez, descubrió que el doctor era un buen jugador, y se pasaban las tardes jugando los dos.

El Dr. Carreño, que se convirtió en el amigo de la familia, con una amistad que duraría muchos años, tenía un piso en Madrid, en la calle general Oraa, y se había casado con una señorita de Ortigosa, que Encarna observó más tarde que tenía un leve atraso mental, que a primera vista no se notaba. La madre de ella, Teresa, viuda, era dueña de una de las mejores fincas de Ortigosa. Según Encarna, la relación suegra-yerno fue siempre un tanto extraña, y no por parte del doctor. (…)

CAPITULO 15 – Sueños de soledad (Barcelona, 1950)

 

Mi drama religioso, para mí, consiste ante todo en el dolor
que me causan las nociones de Dios y de sus relaciones con el hombre
adoptadas por la Iglesia.

(Nicolás Berdiaeff, Autobiographie). SEPTIEMBRE 1950

Dedicatoria Elena Fortún - Celia en el colegio
Elena Fortún - Marisol Dorao con Félix Diez Hernández (Cuchifritín) en el Club Naútico de Tenerife
Elena Fortún - Marisol Dorao con Félix Diez Hernández (Cuchifritín) en el Club Naútico de Tenerife

Barcelona 1950-1951

 

El viaje de vuelta a Barcelona fue muy bueno. Volvió en coche cama individual, así que tuvo para ella sola una pequeñísima habitación con lavabo y cama y todo lo necesario. Salió de Madrid a las ocho de la noche, aún de día, y fueron a despedirla su sobrino Frutitos y Carmela Sparza.

 

A las nueve pidió un vaso de leche que tomó con bizcochos, le hicieron la cama y se acostó. Descorrió la cortina de la ventana para poder ver las estrellas cada vez que abriera los ojos, pero durmió de un tirón hasta las ocho de la mañana, en que se levantó. Se lavó como si estuviera en su casa, y a las nueve salió al comedor a tomar el desayuno, tan limpia como si no existiera el horrible carbón de Asturias.

 

Ya desde esa hora iba el tren por las orillas del Mediterráneo, que estaba maravillosamente azul, y a las diez y media se bajaba del tren, a dos manzanas de su casa de Roger de Lauria. Y sus señoras encantadas de tenerla de nuevo con ellas.

 

Aunque el calor no se había acabado todavía, su habitación estaba ya vestida de invierno con cortinas de paño en el balcón, y en la puerta de comunicación con el gabinete. Aquella previsión le hizo pensar a Encarna que cuando llegara el frío iba a necesitar una alfombra, y un edredón, que sería su consuelo por las noches. No pensaba en absoluto en renovar su guardarropa: le daba lo mismo ir bien que mal vestida, pero quería tener su cuarto cómodo y acogedor. (…)

CAPITULO 16 – Sueños de enfermedad (Puig d’Olena, 1951)

 

Si el alma está segura de poder reunirse un día con
su amigo en cualquier lugar del Universo, estará contenta de
permanecer sola miles de años

(Ralph Waldo Emerson)

Elena Fortún - Mar de Plata, 1946
Elena Fortún - Mar de Plata, 1946

Puig d’Olena, Barcelona 1951

 

El 2 de abril de 1951, Encarna le escribía a Inés ya desde el Sanatorio:

“No te asustes. No me ocurre nada serio, sino lo que me viene ocurriendo desde la gripe de enero. Cada vez más tos, cada vez mayores dolores en el costado, cada vez más fatiga, y, en esta última semana, fiebre y cien pulsaciones al minuto, lo cual no me deja vivir.”

 

-·-

 

Aquella gripe de enero, que en realidad empezó a gestarse en diciembre, y que empeoró con la mojadura y el frío que pasó en casa de los Héctor, en el Tibidabo, hizo pasar a Encarna una noche tan mala, con ahogos, con tos, y, sobre todo, con un tan espantoso dolor en el costado, que se asustó y llamó a su amiga Asita Madariaga,166 que trabajaba como enfermera en Barcelona con un médico especialista del pulmón, para que fuera a verla. Asita fue enseguida a la casa de Roger de Lauria, y realmente se preocupó al ver a su amiga, que tenía un aspecto malísimo y a quien ningún médico había visto todavía.

 

Ante la preocupación de su amiga, Encarna le quitó importancia: no era más que el mal cuerpo que deja la gripe, pero Asita, más experimentada, pensó que tenía que haber algo más. Ella misma la llevó a un radiólogo, y a que le hicieran análisis de sangre, y luego la vió el Dr. Ribas Soberano, con quien trabajaba Asita, que dijo que tenía pleuresía en el pulmón derecho, y que, como el izquierdo estaba casi completamente atrofiado, estaba en muy malas condiciones para andar por el mundo. El mismo la llevó a casa en su coche. (…)

CAPITULO 17 – Ultimos sueños (Madrid, 1952)

 

“A la hora de la muerte
ocurrirá lo más natural”

(G. Santayana) Madrid, enero 1952

Dibujo Elena Fortún 08
Esquela de Elena Fortún - Encarnación Aragoneses Urquijo
Esquela de Elena Fortún - Encarnación Aragoneses Urquijo

La primera carta de 1952 fué para su amiga Mercedes, dándole las gracias, a ella y a toda la familia, por las felicitaciones de Navidad:

 

“… a Merceditas, a Florinda, a Félix, y también a Isabelita y a los nietos…les dirás que se lo he agradecido mucho y que yo también les deseo toda la felicidad que se pueda tener en este mundo, y los abrazo a todos…”

 

Encarna se encontraba cada vez peor. Le contaba a Mercedes que se había hinchado espantosamente de cintura para arriba, y que tenía un aspecto monstruoso, sobre todo la cabeza y el cuello. Le daba pena irse de este mundo tan desfigurada, pero si así lo quería Dios…

 

Pensaba que la iban a llevar a una clínica de Barcelona para que le dieran diatermia, y allí se quedaría un mes… si vivía. La clínica se llamaba “Platón”, y por lo visto era lujosa y cara, pero gracias al Director del Sanatorio le harían precios especiales. Le encargaba a Mercedes que si le escribía lo hiciera a nombre de Elena Fortún, Editorial Aguilar, Via Layetana 159, Barcelona, que de allí le llevarían el correo. D. Mariano Rivero, que era uno de los jefes de la Sucursal, podría darle noticias en caso de que le pasara algo.

 

Como notaba ya cierta dificultad para unir las ideas y temía perder la vista y la cabeza, quería terminar pronto la carta para su amiga, y lo hizo en un tono que sonaba a despedida:

 

“Adiós, Mercedes querida. Perdóname lo mucho que te he ofendido en esta vida, porque he sido una tonta, y una vanidosa, y no he sabido apreciarte, con lo muy superior que eres a mí. Te beso y te abrazo con toda mi alma.” (…)